Romanos 8.28-30
Ayer hablamos de las riquezas de la gracia que obtenemos por medio de Cristo. Enfatizamos la importancia de las riquezas espirituales al mencionar que hemos sido escogidos, liberados, redimidos, adoptados como sus hijos y hechos ciudadanos de su Reino. Pero aún hay mucho más que podemos incluir en esta lista.
Jesús le dijo a sus discípulos que su partida beneficiaría a sus seguidores, pues iba a enviar a la tercera persona de la Trinidad para que morase en ellos (Jn 16.7). Junto con la salvación también se nos da el Espíritu Santo, quien nos sella como hijos de Dios, nos consuela en las pruebas y nos enseña cómo debemos vivir.
Por medio de la obra de santificación del Espíritu somos hechos cada día más similares a Cristo. Transforma todo nuestro ser para que podamos dar el fruto que debe estar presente en la vida de cada creyente (Gá 5.22, 23). Y además nos guía para que nos apartemos de nuestras antiguas costumbres mundanas.
El cristiano también tiene acceso al Trono de la gracia. Podemos venir en todo momento y entrar en la presencia de Dios por medio de la oración y la adoración. Y no solo esto, sino que se nos ha dado la promesa de la resurrección y de la glorificación. De la misma manera que el cuerpo de Jesús fue resucitado, los nuestros también serán levantados de la tumba. Luego van a ser perfeccionados y vamos a vivir libres de la presencia del pecado para siempre.
No hay nada que este mundo nos ofrezca que se compare con las riquezas que hallamos en Cristo. No permitamos que los pensamientos mundanos nos seduzcan; más bien disfrutemos de lo que el Señor nos ofrece. Si vivimos de esta manera vamos a poder disfrutar de su paz y su gozo.
Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
Mateo 5:29
Para que por medio del Santo Espiritu podamos reconocer que no caminamos solos, que cada paso que damos en la vida contamos con la ayuda del Espiritu de Dios quien nos llena de paz.
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